Patria
JOSÉ MARÍA LIZUNDIA
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Las torturas fueron infinitamente menores que los asesinados y víctimas, con una característica decisiva, que se cometieron a espaldas de la ley (recuerda Aramburu) y que eran juzgadas. Aunque había leído a Fernando Aramburu, no leí Patria, pero lo regalé. Conocí a la perfección el mundo que él describe, con la particularidad de haberme cambiado de campo de identificación -es cuando se gana perspectiva-, ser consciente, autocrítico, moral y que me resultara insoportable mi mundo de vida vasco de siempre. Y perderlo. No tengo en muy alta estima a la sociedad vasca –uniforme hoy, como jamás en su historia-, que necesariamente para mí es algo más que el Guggenheim y la gastronomía. Como lo conocí muy bien, no hablo de oídas. Dos apuntes, uno de los fundadores del embrión de Euskadiko Eskerra, me contaba recién que detenido en mayo de 1975, en pleno último estado de excepción no le tocaron en comisaria. A mí, fundador de nada, la Brigada de Investigación Social solo me humilló (menos que a él), y en otra oportunidad la Guardia Civil me arreó dos bofetones como para tumbar. Evidentemente la tortura no era el protocolo ante cada detención, como se quiere para componer una guerra, pero sí lo era la gravedad de los crímenes cometidos y la posibilidad de evitar con información arrancada la comisión de nuevos atentados. Desde que el mundo es mundo los revolucionarios, patriotas, esclarecidos, fijaron su legitimidad moral en el sufrimiento de que eran capaces de arrostrar por sus ideales. Eso siempre ha figurado en ese contrato. Es lo que ennoblecía sus causas: el martirio, la inmolación, el sufrimiento. De hecho, con eso ganaron los etarras la adhesión: por la ejemplar incondicionalidad de su entrega. Y aceptaban sus consecuencias ¡universales! Contadas, las excepciones.
Curiosamente los torturados de verdad (Proceso de Burgos y demás) nunca contaban sus torturas, querían hacer política, en cambio algunos todavía ansían honores, y otros siguen contrarios a la prevención de sus causas.
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