Por “centauricismo” entendía mi a título póstumo maestro Américo Castro algo que sólo ha acontecido con el más pleno rigor en el ámbito español, entre las figuras más acendrada y radicalmente españolas -y Lizu lo es, por debajo de esa hojarasca impenetrable de apellidos vascos que acumula, casi cuarenta, o más-: la proyección integral del autor, con todas sus sombras, luces, grandezas, manías, impertinencias y pertinencias, esplendor y tinieblas, locura y cordura, genialidad y confusión, la proyección integral del autor, decía, en su obra personal, científica o no, hasta el punto de que no se distingue entre uno y otra; hasta el extremo de no saber dónde acaba -si acaba- el autor y dónde comienza su obra, porque acaso autor y obra son inconfundibles, y ni uno acaba ni la otra comienza en punto alguno, fundidos en una unidad inescindible, buscada de propósito porque no es posible argumentar ni razonar de otro modo para los que llevamos el toro en el corazón. Y la paradoja anunciada de este singular fenómeno es que la verdad objetiva, en su objetividad más auténtica y radical, gana, como no puede ganar en el común de las producciones científicas y literarias, en que resultan tan bien demarcadas las fronteras entre lo personal y lo objetivo -éste es el mito de la objetividad, tan ajeno a los españoles.
Y la persona singular que es Lizundia es inseparable de Israel. A mi hermano le ocurre lo que a las simpáticas partículas de la mecánica cuántica, que por una extravagante circunstancia misteriosa, no desentrañada ni desvelada aún, resultan alteradas simultáneamente cuando algo le ocurre a las homólogas con que han estado en contacto alguna vez, cualquiera que sea la distancia que las separe; y esto, en un universo en que la simultaneidad es imposible porque la luz reclama siempre sus fueros como la gran limitadora que es de toda comunicación, que por definición, es imposible al margen de sus parámetros inquebrantables e imperativos -cuando menos, en principio-. Cuando a Israel le sobreviene un suceso, de cualquier orden, y cualquiera que sea el intervalo espacial que se interponga entre uno y otro, comienzan a operar en el alma de mi hermano, entrelazada con las de los judíos de todo el mundo, reacciones, impulsos, inspiraciones, movimientos, silogismos, - algunos controlados e incontrolados otros-, que desembocan espontáneamente en construcciones del intelecto más puro y acerado, bañadas en el “centauricismo” del que he hablado antes, y en un magma emocional que lo recubre todo, porque la emoción es innata e ineludible en él.
Y esta alteración es directamente proporcional a la magnitud de los sucesos, de tal modo que la infame jornada del 7 de octubre del 2023 lo ha marcado profundamente, con una profundidad impenetrable, insondable, de la que da cuenta y razón el libro que se inspira en ella, el que ahora vibra frente a ti, lector.
José María Lizundia Zamalloa no conoce el perdón; no hay traza alguna de la realidad que resista a su mirada escrutadora, siempre en pos del núcleo auténtico de las cosas, al margen de toda simpatía o empatía predefinidas por el uso y las convenciones; en alguna ocasión he puesto de relieve este hecho, pero no está de más reiterarlo. Yo invitaría al lector a la singular escena que tiene lugar cuando a Lizundia le presentan a alguien. Siempre me divierte el interrogatorio que moviliza para filiar al presentado para descubrir su fondo insobornable, para encerrarlo en alguna contradicción o paradoja inadvertida para éste, con la envoltura inconfundible de su sentido del humor, hasta que en su fuero interno se ha decantado de un modo definitivo la sentencia sin apelación posible. Ocurre lo mismo cuando está frente a cualquier acontecimiento de la vida pública -sólo que, en muchos casos, por su dramatismo, sin humorismo alguno-. Ningún tópico ejerce aquí su imperio; ninguna concesión a la mal llamada “corrección política”, que puede definirse casi siempre como lo opuesto a la verdad, como todo aquello que hace valer como bandera el imperativo o los imperativos de todas las morales de rebaño, la materia de consumo del ganado unidimensional. Nada de eso tiene aquí carta de naturaleza ni oxígeno que lo alimente; sólo la verdad cruda, conquistada bajo el imperio de los nudos hechos, al hilo de la libertad de pensamiento y la responsabilidad por lo que se dice.
Ya ves, lector: quería escribir un prólogo objetivo, y, al final, me ha salido una explosión de “centauricismo”, a mí, que soy otra partícula entrelazada con todo el universo, como Lizu.



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