Según la IA la ira de Dios se refiere a su reacción contra el pecado y la maldad, que va más allá, por tanto, de la agresividad bronca que pudiera desplegar en una Comisión de Investigación el macarrilla iletrado de retales, Rufián. La Ira de Dios es cierto que tiene alguna imagen (escasa) de ella en la pintura, con una función admonitoria. Con el infierno todas las prevenciones son pocas, y estarían justificadas.
En mi niñez, y más tarde, los cines de estreno anunciaban sus películas en grandes lonas con pinturas concernientes, a veces de caras muy marcadas, que no pasaban desapercibidas para el que entraba en el cine o para cualquier viandante. De niño podían ser muy impactantes, como la de Irene Montero de Galapagar en pleno acto de sabotaje (paragubernamental) de la Vuelta Ciclista a España. Tanta ira era desproporcionada para alguien a la que han buscado púlpito en la política y retirada para siempre en ella, y no suplicaba una hogaza de pan para sus hijos. Tan desencajada y fanática en la foto, que obviamente circuló mucho. Ella y su camarada Belarra participan de similar agresividad, una pulsión que les brota incontenible y todopoderosa, motivo por el que ambas están anuladas para distendida argumentación racional y persuasiva. Su desbordamiento instintivo y pasional les blinda para otras manifestaciones que no sean consignas performativas. Consciente de la pobreza inmanente a esos discursos-jaculatorias, han de forzar los efectos gestuales, agresivos, simbólicos y amenazantes.
Quien las describió muy bien en una entrevista fue la periodista Rebeca Argudo, que cubría el Congreso. Cuchicheaban permanentemente entre ellas, rehuían el contacto con los demás, parecían siempre irritadas, como si el mundo estuviera en deuda con ellas. La izquierda extrema, en sus biografías, se inician con la elevación moral de su “autopercepción”, pero hecha política y sublimada, en guerra y confrontación con las derechas por su codicia, inmoralidad, maldad. El mundo, la realidad, la vida les disgusta mucho y se agrupan entre ellos (“morales y rebeldes”) e inician un sectarismo vitalicio, cerrando filas, levantando muros, despreciando y en guerra eterna contra burgueses y convencionales alienados. La cosmovisión religiosa (la mantienen transferida) se ajusta ahora a sus presupuestos morales: necesidad de redención, sin ser pedida, de los demás, amor a la justicia y odio furibundo e incansable al pecado y el mal. El exceso de virtud y la sobreabundancia de moralidad les permite justificar todo tipo de violencia variada. Ya que el trasfondo real no es más que odio a raudales y ciega intransigencia, que imputan siempre a los demás, como señoritas victorianas repipis por cómo fingen escandalizarse: entre franquista monjil y woke.
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