El adalid de enunciados “de progreso” sólo puede alimentarse de los del pasado, que son los de vacuidad mejor demostrada. Cuanto mayor es la irrelevancia, la marginalidad, pero en estricta soledad, mayor independencia hay para proferir las boberías más descarnadas. Las soflamas hacen de su miseria constitutiva marchas victoriosas al paso alegre de la paz y volverá a reír la primavera: ¡Que no a la guerra, que no! La frondosidad de las ventas y compras de armamento por parte del Gobierno incluyendo al mismo Irán, le coloca en el noveno país del mundo en este negocio. En algo que el doctor (cada vez más honoris causa) Sánchez no es el último. De Israel fue conspicuo socio comercial hasta anteayer, y después, con salvedades. El empeño armamentístico con Ucrania directamente por el histrión pacifista era ejemplarizante: venta de misiles, formación militar, más visitas que a La Palma. Sánchez era un duro, un halcón, muy belicista y combativo contra Putin, y muy abrazador de Zelensky camarada. La profundidad y agudeza del “No a la guerra” como recordaba Arcadi Espada es de la enjundia e iluminación cognitiva del No al cáncer. Otra cosa es que no entrañe un efecto catártico entre los que odian a Estados Unidos, que ha ocurrido siempre con todos los imperios, como explicó Elvira Roca Barea, y gustan tener ocasiones para sacar un espíritu rebelde, combativo y crítico, a pesar de que sea en masa y bajo la opinión dominante. Una afectación, afirmación y clara visibilidad tras la pancarta y megafonía.
Gracias al viejo marxismo profesado uno quedó imbuido de cierto
espíritu subversivo contra las injusticias y opresiones más sangrantes e
inhumanas, simpatizando con todos los
que se levantaran o alentaran la
rebelión. Invocar el derecho internacional, que ha pasado de inasible a fugitivo,
se encuadra en las invocaciones metafísicas más aptas para la agitación
narcótica como inane. Cuando asistimos a la radical mutación del viejo orden
mundial, con el fracaso clamoroso de Naciones Unidas, invocar el derecho internacional
(¿cuáles normas, acuerdos, cartas, convenciones, resoluciones?) o el sintagma “guerra
ilegal”: ¿Francisco de Vitoria o San Agustín? sirven muy bien para ocultar y permitir las
sangrantes violaciones de los derechos humanos, que, si son susceptibles de
concreción, e indiscutibles. Nuestra izquierda tarambana, sin nexo ya con el
marxismo ni la socialdemocracia, pero a expensas de las homilías que proceden de la iglesia woke,
y en su nombre, debería comprometerse más con la inclusión diversidad y equidad, para que no se cuelguen de grúas a los homosexuales,
se ametrallen a paisanos por miles y el machismo, no agitprop, sino encarnizado y devastador no esclavice
a las mujeres. Una opresión atroz, límite.

No hay comentarios:
Publicar un comentario