domingo, septiembre 12, 2021

Todavía podemos: No razonado al Teatro Cervantes de Tánger

¿Por qué es un horror el teatro Cervantes de Tánger?, porque su fachada  de planos y líneas rectas, cortados por perpendiculares confieren la máxima simplicidad al edificio que no los corrige, y menos enmienda los tres cuerpos o volúmenes de los que consta, en anodino geometrismo simétrico, propio de viviendas de barriada, construcción comercial o cualquier humilde edificio de oficinas, sin que destaque no ya como arquitectura monumental, o moderna,  vanguardista pública -naciendo en plena eclosión, lo que es más grave- sino mera arquitectura civil con valores singulares, que no los tiene. Si un día nos horrorizamos con la catedral de la Almudena de Madrid, redimida finalmente por el conjunto, en el que se ha integrado (esa suerte ha tenido), si después hemos despotricado por esa agresión terrible contra la historia del arte y la arquitectura de la Sagrada Familia de Barcelona y su deriva arquitectónica a un modelo impactante y desmesurado  paradigmáticamente Disney, no podemos dejar de deplorar que el Teatro Cervantes evada su último acto de dignidad: su pulverización.

La fachada de saturadas ventanas, se modera para publicitar su nombre y función sobre baldosas amarillas que remedan aquel antiguo anuncio de  Nitratos de Chile, que era casi igual en concepción.

 Tanto ventanal al exterior lo que hace significar es que nada dentro del teatro pueda ocurrir, pero  si fuera, es como un llamado a coger una buena ventana, antes que una buena butaca, para  el paso de una carrera ciclista, una regata en mar abierto o un paseo selfie de Alberto Gómez Font

La cornisa se desdice de todo lo que tiene debajo, para en su centro hacer una torsión sobre el que depositar un desenfadado grupo escultórico. Tras el que sobresale  retrancado un absurdo frontón, en “otro estar allí también”.

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