Uno podría seguir registrando las salvajadas absolutamente
anodinas para la hirviente y muy selectiva moral occidental. Occidente tiene
sus muy particulares reglas éticas. Los asesinos también son negros. Por tanto,
todos fuera de la conciencia y cualquier evaluación moral occidental. Nada que oponer, como demuestra
el silencio absoluto con que se reciben este reguero de carnicerías, generalmente
en iglesias y durante los oficios religiosos.
Para la ideología woke (matriz del pensamiento de progreso)
los niveles de opresión y privilegio del blanco heterosexual admiten gradación
entre sus víctimas, ya que en ellas pueden cruzarse condiciones a cuál más sangrante.
Se trata de la subteoría de la interseccionalidad, fundamental para el canon woke. En esa escala ignominiosa las personas más perjudicadas y expuestas en
el altar del sacrifico cotidiano, habría de estar por supuesto una mujer, no cualquier
mujer, sino negra, a ser posible pos-colonizada, que además fuera homosexual,
pobre y gorda. Una jerarquía de opresión por cualidades clasificatorias abstractas. En la que la benevolencia
para unos fuera una compensación perentoria y exigible. Como la condena para la cúspide del
privilegio blanco imposible de redención nunca, siempre el estigma imborrable.
Con la necesidad de la cancelación, con motivo del privilegio heredado y
perpetuado. Se busca su reversión.
África es otro territorio en el que el blanco no abunda,
ha ido a menos, como el cristiano en Palestina, se van yendo. Los autores de
las matanzas de negros suelen ser milicias (a veces paragubernamentales)
islamistas. El cristianismo del pecado no
es originario del continente, ocurre que tampoco el islam, al que le costó alcanzar
el Ecuador.
Cristianos y negros es una muy mala combinación, una interseccionalidad inversa poco recomendable. No suscitan ni un gramo de piedad y misericordia en Occidente. Los negros no logran conmover absolutamente a nadie. Se vio con el genocidio (conceptual y real) de tutsis por hutus de abril a julio de 1994, de entre medio y un millón de tutsis y hutus moderados, exterminados a machetazos la mayoría, y casi medio millón de violadas. Occidente, su opinión pública, ni pestañeó. Conclusión: los negros no existen, salvo los de las pateras. Pero sí el cristianismo, como religión y cultura del hombre blanco heterosexual del privilegio histórico: único enemigo ominoso. Y si negro: merecido.

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