domingo, marzo 09, 2014

¿Por qué habíamos elegido bien?

Hasta anteayer, es decir cuando ya acumulaba muchas décadas de vida, como adicto al principio del placer (y por tanto escasamente entusiasta de obligaciones y sacrificios) abrigaba la esperanza  de ser tocado por alguna vocación-adicción que me redimiese de la mediocridad, peso existencial, insuficiencia, insatisfacciones y llaneza aparente de la vida. Había apostado por la pintura, para que me sustrajese del mundo: logré vivir en una  burbuja, eran estados místicos, pero sin resultados,  luego pensé en dedicarme al psicoanálisis... en fin.
Al de décadas (anteayer) me acepté: era lo que era aunque perfectible  y definitivamente no iba a ser el equivalente de ningún científico que vive pleno y arrebatado en la burbuja de una pasión. Como soy bipolar, pero ojo, en el sentido del péndulo, empecé en torno a los 50 a encontrar  aceptable mi propia vida. Era hedonista, disperso, sin personalidad, apasionado, guerrero y a veces entusiasta,  aunque  sin llegar al nivel de Nuestro Amado Líder.
Al de más años todavía, descubrí que en el fondo era quien de verdad siempre quise ser: una suerte de Oteiza aunque sin obra plástica ni enseñanzas, un epígono que sin embargo ya no creía en nada de él, o un personaje de Pío Baroja, pero casi de comic y  aspaviento. Me dije: pues me ha salido la vida redonda.
Por esa época no entendía como había sido incapaz  de entregarme  a la música clásica y a la poesía, si con Tanhäuser de Wagner me ponía a  llorar y me  estremecía con la poesía. Ponía Tanhäuser cuando quería derramar unas lágrimas de sensibilidad de mi sublime espiritualidad  (como alguna música euskara) y había poesía que  leía y me engatusaba mucho, pero rápido pasaba a otra cosa. ¿Cómo me podía pasar a mí con toda la sensibilidad que atesoraba mi propia hondura? Ohhh…
Hasta que hace unos tres años llegué a una conclusión, a mi entender muy sabia, si hubiera malgastado mi vida entre música clásica y poesía, habría odiado los 40 Principales con todo el placer y ganas de beber, salir, conducir   y bailar que me ha dado, no hubiera sido un tipo de la noche con las dosis justas de  extravagancia, alevosía y nocturnidad. Un tipo de bar, elocuente. Y si hubiese sido un espíritu adicto a  la poesía no hubiera frecuentado la filosofía ni sus métodos para destripar adversarios. Ahora sé lo necesario que fue  no haber amado la música clásica y la poesía. Sería un lírico soso, atildado, siempre con chaqueta y vaqueros, de librería y banco en el parque, amigo de personas muy delgadas y aspecto enfermizo. Tampoco hubiera nadado como lo hice, ni caminado tanto. Hace unos años pensaba que la profesión más grande era la de escritor, pero observo tan ímprobos sus esfuerzos, la vigilia constante, la dedicación sacerdotal a todo lo que culturalmente se mueva, con esa sensibilidad dulzona y alambicada, y con ese síndrome de hiperactividad y compromiso, que echan para atrás. Sólo les falta el bigotito falangista. Basta con leerlos, a los buenos. Prefiero a los   camioneros y sus calendarios, aficionados al alcohol y las prostitutas de carretera.  A los que no he tenido el placer de tratar. Hay mucha mayor comprensión de la vida en ellos, y vida real: vida vivida.  

4 comentarios:

NAL dijo...

NAL said: el entusiasmo es la llave del éxito, incluso los de los 40 ppales

José María Lizundia Zamalloa dijo...

Correcto

Ricardo. dijo...

Encontrar esa aceptación a los cincuenta le deja mucho margen todavía -salvo imprevistos-; yo diría que eso es prácticamente a lo que se llama "el éxito en la vida", enhorabuena, pues.

José María Lizundia Zamalloa dijo...

Ocurre, que voy por alguna década de más, en realidad como los descubrimientos se produjeron tan tarde, pues empezando, gracias