Mucho sospecho que yo ya era identitario antes de que los próceres de la autonomía recién policializada a mayor gloria de los honores de grandes duques que se asignan sin el más mínimo rubor, en la que resido, hubieran siquiera oído hablar de la idea ni escuchado la palabra, no ya en cabildos, entes o municipalidades que todavía no ocupaban, sino antes en casa, con amigos o en prensa ilegal.
Como parto de esa antigüedad, diré a todos que ni la extrañaban ni conocían el concepto, que lo que más odiábamos era lo folclórico (el folclore y sus asimilaciones), que era la devaluación costumbrista, reaccionaria, sin conciencia de la hondura y sentido (revolucionario) de la identidad, que venía a ser una suerte de comunión abstracta, ficticia y contradictoria con los cercanos en la accesis al arcano del Uno primordial –para decirlo de la manera más sencilla posible en que es posible racionalizar algo tan irracional como el nacionalismo- que diría Nietzsche, pero que también podría decirlo Carl Gustav Jung o Mircea Eliade.
Qué abstracto y palabrero puede ser lo presuntamente concreto…
Me considero un tránsfuga de la identidad co-lec-ti-va.
A mí identidad colectiva me sobra. Me gustaría hablar un castellano a-geográfico, neutro y hablo un castellano que ni siquiera es el de Bilbao como el del resto de mi familia, sino de pueblo, un castellano vasconganizado, caricaturesco, como mi comportamiento público a veces. Estaba loco por la identidad colectiva.
Da la casualidad que la identidad colectiva fue la que mi afán de mimesis, ideales y fantasías fueron forjando, o sea que mi identidad colectiva no pudo ser más individual e inventada y bosquejada por mí mismo... Toda esa identidad y determinados apegos, proclividades, sintonías me sobran, no los quiero, los regalo. Con el tiempo he ido podando mi identidad colectiva cuya costra entretejen pegajosas adherencias costumbristas y elementales étnicas, las más comunes y banales. Mi ontología vascongada, por la que no siento el más mínimo respeto, me sirve para caricaturas y burlas. A esa patraña de la identidad colectiva no contribuyó nadie que no fuera familia, o el régimen franquista, de manera reactiva, al que se la traía al pairo, o sea vino sola, lo identitario es lo que nos precede, lo común y más tribal, un ethos insignificante, la grasa que aísla, el calafateado de galipó o piche que impermeabiliza e incomunica. Por ejemplo, yo a los de “mi” identidad colectiva les amo con desmesura, como que siempre los estoy buscando y yendo a verles.
No admito que me regalen identidades colectivas tampoco, pero he tratado de hacerme un pequeño acervo de ellas por saqueos continuados. Así, una identidad colectiva, de las muchas que profeso porque me gusta mucho , es la norteamericana (en la juventud abjuré), que ya se lo anuncié a mi madre cuando tenía 14 años, a lo que ella me contestó que ella quería ser lo que ya era: Vasca. Siempre ha mantenido esa lastimosa falta de ambición y horizontes.
Qué tendrá que ver el pequeño ejército de la policía automática con la identidad. Cuantos estudios se habrán hecho
A) A) sobre delincuencia, seguridad, funcionalidad comparativa, de gestión eficaz, prevención, objetivos, bases razonables que no fueran la grandeza de las castas del gran ducado. Es que ni han disimulado o argumentado. Las Castas merecen los máximos símbolos del poder. Cierto que dependen de sus súbditos, pero no en cuanto a las recompensas que corresponden a sus altas dignidades. Lo que supone la más perfecta interiorización del poder oligárquico.
y B) ¡y cuántos! sobre el diseño del uniformes y su impacto de gran ducado en la calle Castillo y aledaños, el debate ilusionado ante los catálogos fabulosos de vehículos coercitivos fastuosos, grande motos para uniforme de gala, la presentación de armas a los políticos en la apertura solemne del parlamento ducal,
Eso es la identidad colectivo: el ansia ciego de más poder de los poco estadistas (los más peligrosos) y de negocio. No hay derrumbe económico ni pobreza que los detenga, tal es la elevación autónoma y propia de las verdaderas oligarquías… Así demuestran todo su amor por los porteadores de identidad colectiva. España avanza hacia una probable si no quiebra gran colapso, ahora el despilfarro sangrante, la ambición de poder no es como antes, ahora es muchísimo más grave. Ahora estamos al corriente de las cuentas, y de las que se ocultan. Ahora a la ineficiencia y corrupción se une la más flagrante inmoralidad pública.
Hay dinámicas históricas imprevisibles, y variables más conjeturables, igual hasta pueden ser juzgados excesos y derroches que no debieron ser hechos en ningún caso, porque no atendía a algo que mínimamente pudiera ser considerado como necesidad objetiva.
Más cuando ya sabíamos a donde nos estaba llevando la orgía nunca antes vista del despilfarro más brutal.
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