El ‘islamoizquierdismo’ es un término popularizado en Francia, algo comprensible si se atiende al binarismo que encarnan Mélenchon y Houellebecq. Emmanuel Carrère aborda también el islamismo contemporáneo en V13. Crónica judicial, un análisis impactante de los atentados de la sala Bataclan y alrededores. Sin embargo, el político de extrema izquierda y el escritor no son figuras tan antitéticas. En Sumisión, Houellebecq imagina una Francia sometida al islam y anticipa, mediante la ficción política, un futuro posible. Mélenchon, por su parte, proclama la insumisión frente al orden burgués del Estado francés y la civilización occidental, categorías que abarcan un amplio espectro de impugnación. Desde hace décadas, parte de la antigua clase obrera de la periferia parisina desplazó su apoyo hacia los Le Pen, padre e hija. Los focos de la rebelión ya no se sitúan en la fábrica de Renault de Clignancourt, donde Sartre vendía La Cause du peuple después de mayo del 68, ni en la Sorbona o Vincennes, sino en los institutos, las banlieues y otros espacios de marginalidad. Allí viven, en buena medida, segundas y terceras generaciones de inmigrantes escasamente integradas: manifiestan un profundo rechazo hacia Francia y Occidente, aunque a menudo conocen poco el Corán y apenas hablan árabe. Las formaciones de extrema derecha incluyen en sus programas repatriaciones, restricciones de ayudas y prestaciones, límites a la reagrupación familiar y cambios en la asistencia social, que consideran discriminatoria respecto de otros inmigrantes, especialmente los legales, e insostenible. La mayoría de los afectados procede de entornos de tradición musulmana y convierte esa pertenencia en fundamento identitario, más por resentimiento hacia Francia que por apego a Argelia o Senegal. Esta lógica responde a la dialéctica amigo-enemigo de Carl Schmitt, en la que el enemigo adquiere el papel decisivo. Es previsible, por tanto, que estos grupos apoyen a partidos contrarios al patriotismo francés y, por extensión, a Occidente. Al mismo tiempo, muchos carecen de un vínculo directo con la patria africana de sus padres o abuelos, que quizá nunca han visitado. De ahí que, en sus manifestaciones, ondee una bandera capaz de unirlos con sectores de la izquierda francesa que también contemplan un futuro sombrío. Esa bandera de combate y fuego, plenamente homologada, es la palestina: omnipresente en los enfrentamientos más encarnizados y convertida en punto de convergencia simbólica entre la cruz de los antiguos cruzados y la media luna de la yihad. La bandera palestina ha adquirido así una dimensión propiamente europea -en el mundo árabe apenas prolifera-, actuando como bandera de conveniencia y asalto, y encuentra su razón de ser en la destrucción. Estas derivas y reconfiguraciones territoriales resultan significativas y ofrecen un argumento nuevo, cuya veracidad el futuro irá perfilando. Aunque se prefiera ignorarlo, ahora sabemos que, de los 70.000 palestinos muertos, el 70 % eran hombres en edad de combatir y que 40.000 pertenecían a Hamás o a la Yihad Islámica.
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