Nos llevamos las dos banderas de España para que como conjuro nos siguiera trayendo suerte, al ir al País Vasco, a la anomalía norteña. El clima general era optimista y esperanzado, la unidad de la nación sentida y espontánea, la tranquila seguridad en nuestra selección hacía que por una vez la nación española cobrara orgullo, concertación y fuera nación de españoles, no eso del «estado» y la España «diversa», por si no advertida. No rótulo político administrativo, todas las veces manoseado. Servía para lo contrario a lo que nos tenían acostumbrados: unía, adhería, fundía. Con las emociones aguijoneadas lo que se estimula es la noción de verdad y los símbolos que hacen cristalizar. ¿A ver si lo que ahora resultaba verdad era España y los españoles? Y ello sobre todas las consideraciones hechas normativas administrativas y políticas, que descollaban por su creatividad e ingenio, fundadoras de nuevas historias de acotación local y senderista, más geografías comarcales y arbóreas, más razas ganaderas propias con sus quesos y tierras con sus vinos. Todo lleno de características intrínsecas «diversas».El lehendakari Pradales es de genealogía estrictamente castellana, de Burgos de siempre, sin un solo apellido vasco, con lo difícil que es no tener uno al menos. El presidente del PNV Luis Aitor Esteban Bravo es también blasonado castellano, esta vez Soria. En el PNV de Sabino Arana igual ni les hubieran dejado entrar. Saben euskera, el uso del idioma, no sus conocedores, decrece de manera abrupta e inmisericorde. La emigración crece de forma exponencial, no solo no hay natalidad de reemplazo, sino que ya es un erial, compensado solo por los emigrantes, que no se van a euskaldunizar como ellos. La lengua koiné entre emigrantes de diferentes lugares es el español, el único que puede oírse en grandes ciudades.

José María Lizundia 28 JUL 2026 7:00
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