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La estatuaria en Santa Cruz de Tenerife es uno de sus bienes culturales más destacados de la ciudad, dado el altísimo valor de esta e historia de su gestación y presencia. En 1974 fue la primera exposición internacional de escultura en la calle y 20 años después, en 1994, la segunda. Pocas ciudades españolas tienen ese patrimonio. En el Millenium de Chicago, al lado del Bean de Anish Kapoor hay una instalación del catalán Jaume Plensa, referencia de la ciudad; pues en Santa Cruz de Tenerife hay dos: una instalación de letreros luminosos al final de la Rambla (ahora sin árboles, retirada) y la otra en la trasera del TEA. En Bilbao hay una. Durante un tiempo el arte figurativo era despreciado por las vanguardias, caso de Francisco Bonín, pero que con el tiempo fue reconocido. Lo que tendría que pasar también con ese eje angular urbanístico que representa la escultura El Ángel de Juan de Ávalos. Se supone que, por historia, contexto, patrimonio, arte, deberíamos referirnos solo a él en términos artísticos, pero no. La burocracia política catapultada a puestos, a los que fuera de la política sanchista jamás hubieran llegado, se refugian en el sedicente rezo antifranquista, los que nunca lo fueron: acaso en gustos musicales, de íntima rebeldía. Estos falaces y romos, ajenos por completo a la cultura, disuelven cualquier debate artístico-estético, ya que, como franquistas especulares, están por el cumplimiento de las leyes orwellianas de la memoria histórica/histérica y democrática: puro Orwell. Esas leyes de tosco fanatismo no son sentencias judiciales y tarde o temprano se derogarán, obviamente. El pasado rediseñando el futuro, Orwell aplicado.En los años 80 venían de Bilbao familia y amigos, y ellos solos descubrían la cantidad de calles y referencias franquistas que festoneaban la ciudad. No lo entendían, no sabían que ese callejero todavía permanecería durante más décadas. En mi ciudad natal antes de la muerte del caudillo ya se habían astillado letreros, algunos demasiado expuestos. En un acto de la Tertulia de Nava en el Colegio de Abogados, la socialista Dolores Pelayo con una vida incrustada en el Parlamento, manifestó las ganas que le entraban de, ayudada por una escalera, destruir el callejero franquista. Uno, que fue antifranquista real, se sintió ultrajado. ¡Ahora con éstas! La verdad, que durante el siglo pasado por donde uno se movía en Tenerife seguía sin percibir ninguna urgencia antifranquista absurda y extemporánea. La Santa Cruz liberal, culta, cosmopolita, sosegada y crítica con la historia, respetaba el curso de esta: ¡La Historia/cultura! Toleraba la vida natural sin fanatismos de última hora, del muy tardío pseudo antifranquismo de romería, afectando desgarro, comicidad. Santa Cruz llevaba décadas pronunciándose por no volver a una vida inquisitorial, persecutoria y purificadora, procesional. Estaba en las antípodas de estos talibanes de los budas de Bamiyán, que agitan al Franco fantasmático y botín (solo ideológico), sobreactuados.
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