martes, noviembre 04, 2025

El Día: La mirada torva de Cándido Conde Pumpido (clicar)


 La foto que veo más repetida del presidente del Tribunal Constitucional impone, sobre todo por sus párpados hinchados que encajonan unos ojos de fiereza contenida, el dibujo de su boca abunda en la determinación, la barba cana evoca otro fundamentalismo dieciochesco: el doctrinarismo masónico. Sin genealogía en Hermes Trismegisto empero. Pareciera esa imagen la de algún sultán de la Sublime Puerta especialmente rencoroso e intrigante con ojos de intimidación, tal vez rijoso. Mucho peor y multiplicada es la de su par, el de-constructor del que es su jefe de obra, provisto de la clásica bola de derribo. Por cuanto las imágenes del doctor Sánchez  componen una exhaustiva fisiognómica de psiques y rasgos conductuales muy acentuados y arquetípicos, la colección de miradas y ceños crispados, mandíbulas batientes como puertas de salón, risotadas forzadas, incapacidad para la interlocución al no reconocer al otro, su afectación chuloputa; amén  su guardia de corps con una decena de vehículos, Patxi López.

Al final, lograron que todos los bulos, las maquinarias defectuosas del barro, las difamaciones, se convirtieran en axiomas empírico-científicos, artículos de fe. Incluso los recortes de periódicos se convirtieron en todo un peligroso arsenal de verdaderos indicios procesales, que no hacían sino quitarle trabajo a la fiscalía, totalmente no volcada en la labor. Una subversión del orden constitucional desde el mismo poder, como  lo hicieron Hitler con su Ley Habilitante, y Hugo Chávez. Pero también la Reforma política española, Ley 1/1977, aunque en este caso supuso lo contrario: pasar de la dictadura a la democracia, transitando de la ley a la ley, y a diferencia de las anteriores, de lo cerrado a lo abierto, y no de lo que estaba abierto, la democracia, a lo cerrado, la dictadura. Hasta que dos personajes muy  menores, políticos profesionales de primera hornada como el estadista Zapatero (a otro al que se le acumulan las peores sospechas: las norteamericanas) y el doctor Sánchez, sin más currículo que el partido y sus vericuetos y cálculos promocionales, carentes de margen para aportaciones. Sus fantasías presidenciales infantiles, los atajos emprendidos determinaron que cuando su zona de confort terminaba (la interesante vida orgánica de los pegados al sillón y conspiraciones endogámicas) y comenzaba el ejercicio del poder, absolutamente  nada tenían que aportar, y lo sabían. No podían medirse con sus pares en Europa y el mundo. El estadista Zapatero se quedaba solo y dormido en Bruselas mientras los demás departían. El doctor Sánchez con el nobel de inglés, y su narcisismo y cinismo le daban desenvoltura en lo superficial.   Rebasando ambos, acogidos a los populismos poco exigentes del Sur global, confines, reglas y sustancia de las  democracias liberales. Y la justicia.

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