El número de mezquitas en Estados Unidos es de 2.769 y el de musulmanes rebasa los tres millones. Escribía en uno de sus ensayos Antonio Muñoz Molina que yendo en taxi desde Manhattan al aeropuerto supieron por la radio de un brutal atentado producido en un país musulmán, a lo que el taxista comentó: “El único país del mundo donde estamos seguros los musulmanes es en Estados Unidos”. Desde luego no oímos hablar de allí de barrios musulmanes donde rigen ritos y leyes ajenas a las comunes de la nación americana, problemas particulares de orden público, células yihadistas ni enrolados en el terrorismo islamista. Uno ya ha visto por televisión a inmigrantes recién llegados a España, llamar racista a la policía. Es impensable imaginar a un centroamericano, sin terminar de ganar la otra orilla de Río Grande, llamar a la policía de fronteras, racista. Los atropellos del ICE (La Migra) no aminoran la diferencia del problema migratorio entre los dos continentes. Mientras la mayoría de los emigrantes que se dirigen a Estados Unidos quieren formar parte de esa comunidad nacional, lo que explicaba muy bien Philip Roth cómo los jóvenes judíos en Newark descendientes de juderías de Europa oriental, se identificaban como norteamericanos, nada parecido es común en Europa. Todos los modelos de integración europeos han fracasado, desde el multiculturalismo británico y sus guetos étnicos hasta el asimilacionismo francés con el nihilismo de las banlieue. El declive y marginalidad creciente de Europa se refleja también y de manera decisiva con este problema de fondo. Se ha tratado durante años de asentar una eventual identidad continental en un nuevo evangelio dirigido al mundo de derechos humanos, ecologismo doctrinal, estado de bienestar, pacifismo acérrimo, parques y geriátricos impolutos, buenismo de decreto-ley.
Hay un hecho innegable que nadie discutirá, la necesidad
objetiva de inmigrantes, consecuencia de la insignificancia de la natalidad
europea. Tampoco debería ser objeto de discrepancia tratar de regular esos
flujos necesarios. Pero hay que denunciar el mal que acecha, con la prioridad
absoluta que adquieren los epítetos de racismo y xenofobia, cuando no pasan de
ser embrionarios y potenciales, pero cuya neutralización es previa y preventiva,
las etiquetas infamantes, el buenismo como estado de inocencia natural.
Es evidente que los movimientos pendulares se dan cuando
se extrema uno de sus polos, con políticas
doctrinarias de modelación ideológica que es cuando como reacción aparecen
sus opuestos, los jóvenes pro Vox, antifeminismo, religiosidad. El mismo
fenómeno ocurre con la inmigración descontrolada en Europa, que no por muchas invocaciones morales se van a atajar
fenómenos político-sociales como los
nacionalismos europeos. O se toman medidas (leyes) o irá a mucho peor, ojo con
el hedonismo nihilista europeo, no debe verse necesariamente como abdicación, ni
subestimar a los europeos, todavía hasta hace poco temibles potencias
colonialistas, y vecinos muy belicosos.

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