El miércoles 2, Santa Cruz de Tenerife ofrecía la mejor cara que es capaz de dar, muy concurrida con una población educada y amable, cosmopolita y liberal, nada neurotizada (salvo pequeños reductos medievales universitarios de la ciudad de la cota de 600 metros), y por lo que vi, se siente muy española. Pura autodefensa. Hay muchos persuadidos de que pueden avasallar, tratar de imponerse, sin que vayan a encontrar resistencia.
Estuvimos en la primera convocatoria frente a la Municipalidad y después en plaza de España. Como no bajo nunca a la ciudad (salvo Nokia: lunes) todo me parecía novedoso como si volviera después de 10 años. Estoy emboscado desde ese tiempo, evocando a Jünger (su libro). Vi srs. advocats, y dos de ellas en la Plaza de España que me saludaron muy simpáticas. La ciudad estaba tomada por manifestantes (concentrados). Conocí el final de franquismo, y asistí a la evidente mutación de la correlación de fuerzas. Lo superado no acababa de fenecer y su reemplazo no terminaba de nacer (Gramsci y sus retruécanos). En la Municipalidad que gobierna el nacionalismo canario, solo una o dos banderas canarias sobresalían entre el bosque de españolas y alguna cruz de Borgoña. Si el sanchismo cleptócrata dura mucho más se refundarán los Tercios de Flandes 
La correlación numérica de banderas suponía una intervención contundente en el paisaje epocal. Se creyó durante mucho tiempo que ideas caducas y cerradas representaban el progreso, un progreso lineal, motorizado, siempre ascendente a los cielos. Por lo que me gustó todo ese simbolismo desplegado, por lo que el mundo troquelado en los cerebros y emociones de mi generación, comprobaria cómo sus causas divinas se habían vuelto fetiches de hojalata.
Si se entendió el materialismo histórico, debió hacerse, separándolo siempre del dialéctico, pero dialécticamente. Con Marx, no con Hegel.




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