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Uno hace años escribió en
Atalayar que la grandiosidad del Estrecho ciertamente provenía de su rutilante y
poderosa belleza, pero su interés y estímulo, de lo entretenido de su entorno
(entrecruce de países), y descollante Gibraltar. Uno lamentaría profundamente que
Gibraltar volviera a ser España, perder
ese apunte rotundo de diversidad, esa singularidad que tiene el enclave que
dona al Estrecho y hace rica a España: no hay esencias geográficas que cuenten
cuando han sido atravesadas por la historia. Me encanta ver ondear la Union
Jack.
A España no le faltan escasos kilómetros cuadrados de territorio, que no
le aportan absolutamente nada, pero sí un contexto histórico distinguido, una
sorprendente disrupción cultural, una variedad colorista, viva y de contrastes.
La alternativa al Gibraltar británico sería una Línea de la Concepción desbocada con una
merma económica importante.


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