Si algo caracteriza a Trump, y todos se avienen a
reconocerlo, es su imprevisibilidad, como se ha comprobado en Davos:
previsible. Según el corte que demos en él nos saldrá uno u otro, aunque
parecido. Disolvió la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo de Ayuda
Internacional (USAID), el poder verdaderamente blando del país, para
transferirlo en gran parte al Departamento de Estado. No es
el mismo el que extrae de Venezuela al fugitivo de la justicia norteamericana,
el dictador sanguinario Maduro, que el que acomete con el ICE a los emigrantes,
en Minneapolis.Trump es un seguidor parcial de Carl Schmitt, en cuanto al
“decisionismo”: el soberano, hablando del concepto de soberanía, era el que podía
decidir. Decidir, ejecutar, es función inmanente a cualquier poder y signo de
su ostentación funcional. Naciones Unidas vive en perfecto estado de putrefacción
e inanidad: apenas decide algo; está. Como la Iglesia con la compra de bulas,
que haría nacer a Lutero, el presunto comisionista Zapatero subvencionó el
Departamento de la Mujer de Bachelet para meter a Leire Pajin y Bibiana
Aido en la ONU, que, si no, de qué. Llegados aquí, se me ocurre poderlo
emparentar también con lo de la declinante Internacional Socialista (ahora
noticia). Por situaciones de facto, como el reconocimiento de Estados Unidos del
Sáhara marroquí, y después otros países, hizo por fin reaccionar al Consejo de
Seguridad.
La Junta de Paz para Gaza de Trump en cuyo Consejo se han
comprometido 60 países, muchos árabes, ha concitado la acusación de que desplazaría
a la ONU por otra paralela; se suelen compartir sinergias en posiciones
similares, por ejemplo, de decadencia e inmovilidad: Naciones Unidas y Francia,
por extensión Europa, nada nuevo. En cuanto el plan de Trump, para hacer de
Gaza una Riviera del este del Mediterráneo, no es una idea extravagante de él
porque ya se había barajado. Gaza con el sintagma de “cárcel abierta al cielo”
nunca lo fue, basta mirar Google Earth para monitorizar su territorio; acudir
al gran historiador de Hamás, Tareq Boconi, quien relataba su vida bulliciosa y
playas; al periodista Mikel Ayestaran: planes de Egipto de convertir Gaza en
zona free de grandes hoteles. Se aventura con una limpieza étnica cuando ni un
solo país árabe quiere palestinos, pero no con el derecho individual a emigrar
como los de toda la región, incluso a prosperar en su propio país con
desarrollo de verdad, no de guerra. El mentado Boconi habla de una lucha anticolonial
en un mundo poscolonial.
Para quienes sería fatídico es para todos los occidentales “de progreso” compasivos y solidarios con el sufrimiento, no cualquiera, sino el significado exclusivamente por la identidad de los verdugos.
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