sábado, enero 30, 2016

Cuando se termina un libro

Mi padre, que siempre estaba  diciendo dichos, heredados en buena parte por mi hermana, solía decir: un día tiene el obrero.
Los de la foto son de más rango: son sindicalistas. Sinónimo de jornadas eternas, responsabilidad, reuniones cruciales, viajes confederales, secretarias, sueldos de hambre, programas de gobierno que urdir, ejecutar y cumplir, estudios concienzudos, llevarse el trabajo a  casa... 

La pregunta que te haces es cuál podría ser el siguiente. No se trata de hacer tentativas ni ejercicios o tener ocurrencias. Tiene que ser algo que te atraiga mucho, sobre lo que tengas cosas de decir, porque no han sido dichas. Antes tienes una idea, que es casi una intuición abierta y sin poderosas bases argumentales comienzas a documentarte y tomar notas. Lo sospechado era aún mucho más contundente. Siempre te sabes pionero, por esa senda no ha ido nadie antes. Luego obtienes recompensas inmensas, los libros han ido a parar a lugares que nunca imaginaste pudieran llegar, de ahí la ostentación que hago en el blog (lado derecho) para contento de mis enemigos de clase.

Mi último libro sobre sindicalismo constituyó como ya dije un auténtico reto literario, porque así debía ser resuelto. Tenía que ser capaz de escribir un tercer libro sobre el tema, al anterior casi salió autobiográfico para poder explicar el contraste entre ellos y yo. No podía ir de víctima aunque lo fuere, ni ellos de malvados, aunque lo sean. Porque antes que eso son tan mediocres y transparentes, que solo en un sindicato pueden tener cabida. Tenía más de 30 años de experiencia y dados mis inquietudes y orígenes políticos e intelectuales, los sindicalistas y laboralistas venían a ser para mí como marcianos. Me sorprendían por su simplicidad abrasiva y que a pesar de la estrechez de sus ideas exudasen  toda la seguridad del mundo. Que es justo lo que suele pasar. Igual que en los guetos y sectas. Como decíamos una íntima amiga paisana y residente en Madrid, siempre hemos sido muy vitalistas -ya lo demostramos los dos una tarde-noche-madrugada, empezando por el bar de Hotel Palace, tengo una foto que no sacamos del día en que Madrid se empequeñeció- por lo que en mi caso al tener tantos intereses y pasiones, aquel mundo no podía existir al margen del trabajo. Y como en general los vascos somos muy buenos en relaciones interpersonales, me llevaba bien entre gente con la que no encajaba en absoluto.

Es ante este libro con el que he experimentado la exigencia de escritor y de ensayista. Solo desde estas posiciones lo podía escribir. Y entonces ese ámbito lúgubre, sin valores a pesar de tenerlos siempre en boca, de muchas falsedades, muy anodino y artificioso, ineficaz, irresponsable, mantenidos por la ley y los políticos, cobra interés analítico al poner el dedo en cada llaga, denunciar sus simulacros y desvelar contradicciones, apariencias, teatro. Resulta que vas enfrentándote a realidades objetivas que nadie las ha pensado, ni las ha entrevisto. Entiendo que es un mundo de menudencias, pastoso y mucho más ridículo de lo que aparenta, para lo que hay que estar muy motivado.
Tengo la maldad suficiente para no ir a por los personajillos (ni queriendo podrías hacerlo, porque se te perderían entre sacapuntas, gomas de borrar, clips…) sino para ser demoledor con las instituciones y funciones. Al parecer y gracias a mi impronta pasional y fiscal no admite interrupciones su lectura y saldrán (calculo) unas 170 páginas






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