martes, julio 01, 2014

Más que época, una nueva era

La vida  a veces cobra  una realidad que solo puede desdoblarse en escritura, por intensa y sostenida que sea la acción exterior. No es que haya caída en la escritura por ausencia de acción, de hechos, sino que ocurre a pesar de la envergadura de estos. En las teclas y en el acto de escribir se sacia la necesidad  de reflexión y autoanálisis. Y transmisión. La acción puede consistir en esa doble escritura, una como soporte subsidiario, pero otra como  instrumento principal.
Lo que ayer se formalizó, se venía  gestando desde hace meses. Uno sabe elegir el momento de responder, tiene  aguante, y lo hace con todas sus capacidades. Como va a traer mucha cola, todo se irá sabiendo. Entre otras cosas porque yo quiero que se sepa, normalmente ante este tipo de situaciones tan  escandalosas, los concernidos en ellas  buscan la opacidad y la discreción, yo en cambio la exhibición. Muestro así mi pulso, que es importante. La determinación es el gran argumento, el que simbólicamente cobra mayor sentido. En estos trances es cuando yo reflexiono sobre mi vida, ni muy plana ni trepidante, con algunos combates librados, que curiosamente no fueron en la juventud, que es tiempo de juego.
En mis escasos pero grandes combates, siempre encuentro el mismo modelo enfrente. Un poder que busca imponerse, que tiene ramificaciones con las que  escabullir  la frontalidad y  en las que se apoya, y que subestima al contrincante, porque me consta que de saber como era no creo que les hubiera compensado. Los de  ahora son  un poder de limitadísimas capacidades formativas, intelectuales y morales, sin bagaje alguno, hiperinflado,  grotesco...
Uno nunca se ha sentido perteneciente a ningún grupo, simplemente no se ha dado, incluso muchas veces profundamente alejado (y no retóricamente) de ellos, por ejemplo el profesional, ¡no digamos otros! pero trataba de atenuarlo, de  no desentonar demasiado. La mucha  edad tiene al menos un beneficio, que libera mucho.  No pertenecer ni a grupos ni áreas confiere mucha movilidad y libertad, que los más tontos son  incapaces de comprender. La máxima movilidad es la mayor virtud estratégica. Prescindes del ethos, sólo actúas moralmente.
Estratégicamente ya has vencido, es así. En una contienda seria, en la que ya has decidido que no va haber marcha atrás, podrás o no  obtener derechos propios, pero hay algo más, que es un objetivo: la denuncia, el análisis de los micro-organismos  que a nadie interesan, ya excéntricos, de estructuras periclitadas y pervertidas, cobijo de personas que en el mundo no tendrían la más mínima presencia.
Yo tengo la suerte de haber estudiado esos nichos. En mi visión de ellos nadie ha reparado, aunque muchos los imaginen.
Dado el ras del desierto yo podría ser hasta un teórico,  pero ocurre que también soy un activista, que algo he hecho, que es aquel que actúa en el espacio público  sin efectivos ni  permisos, que es lo contrario al burócrata -muy preparado- que ha parasitado  la vida tras la pancarta.
Ayer sin ir más lejos me vinieron a ver Fer, Yisas, el Niño y mi hermano -abro frentes muy desacostumbrados, ante las más ciegas e inertes mecánicas del gris más insolente- que  estuvieron una hora en aquel paisaje polaco de los años 50. Los dueños del cortijo ni rechistaron.
 

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