sábado, abril 13, 2013

De niño en la Alemania del Muro de Berlín

El 13 de agosto de 1961 cuando se levantó el Muro de Berlín yo era un niño que se encontraba en Fulda a unos cuantos kilómetros de la frontera que separaba  las 2 Alemanias.  Era el segundo verano (entero casi) que mis padres me mandaron  a Alemania para que practicara el alemán: estaba en ese colegio en Bilbao, cuyo nombre, San Bonifacio,  era el mismo que el del patrón de Alemania, y que  fundó Fulda. Mera casualidad.
Vi en la casa en la que me encontraba el temor de los alemanes a los comunistas, y contemplé todas esas imágenes, que después se harían famosas,  de saltos al vacío, de alambradas, disparos… en Berlín, en directo o casi por la televisión alemana.
Aunque las comunicaciones eran muy difíciles, mis padres pensaron repatriarme en algún momento, con una niña de San Sebastián. Al final me quedé y seguí aburriéndome hasta el infinito, menos las tardes  que íbamos a comer pastel de manzana y a la piscina. El hombre de la casa trabajaba en una oficina y era profesor de natación. En su frente tenía un hoyo de un tiro de la guerra.
Los domingos íbamos a ver a los padres de él, campesinos que vivían casi pegados a la frontera de la llamada República Democrática de Alemania. Aquel verano que recuerdo con muchos días de sol, se podían ver a los temibles “vopos" escudriñándonos  amenazadores con prismáticos y armados. De nuestro lado de la frontera no había un solo soldado alemán. A los alemanes no les gustaba nada aquella frontera,  amenazadora hasta para un niño, que no veía ninguna  réplica de su lado de la frontera.
Hace poco he sabido, gracias a Jesús M.  Pérez, que estaba en la misma Brecha de Fulda, por donde se esperaba que las divisiones del  Pacto de Varsovia podrían invadir el mundo democrático.
El aburrimiento y la vulnerabilidad y el miedo intuidos en los mayores, solo podían se redimidos por los convoyes del ejército norteamericano, que con sus círculos con la estrella de 5 puntas en las puertas circulaban de vez en cuando  por los alrededores de Fulda.
El niño que yo era, sin amigos ni familia, entre extraños  siempre tuvo la certeza íntima e iluminadora, la clara intuición que la libertad dependía de aquellos convoyes de pocos camiones con el círculo blanco que encerraba las estrellas de 5 puntas. Que la libertad era el valor que dignificaba la vida y que era preciso defender.
Allí me fue dado intuir como una inmensa certidumbre, el gran vínculo entre la vida y la libertad y su defensa.

 

 

1 comentario:

Jesús M. Pérez dijo...

Impresionante. Fue empezar a leerlo y dar un salto: ¡Estuviste en la mismísima "Brecha de Fulda"!