DISENSIÓN
José Rivero Vivas
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Hace, sin duda, derroche de coraje aquel que dice lo que piensa, aun cuando ello suponga reto para el común sentir acerca de un supuesto dado. Claro es que, ciertas posturas, por su óptica particular, emergen inexpugnables, con lo cual, quien las esgrime y mantiene, acaba siendo casi invulnerable ante la fuerza que sustenta el dominio terrenal; de aquí el impulso arrollador y la pujanza que el pensador ostenta a la hora de verter su análisis y manifestar su opinión, adoptando el tono para sí más oportuno. Pronunciarse, en cambio, desde el ángulo opuesto, entraña doble riesgo, por lo que el osado cronista resulta casi siempre penalizado, aunque a veces la suerte le sea propicia y su crítica obtenga homenaje y mención honorífica.
En su libro EL SÁHARA COMO METARRELATO, José María Lizundia revela su extenso conocimiento del tema, así como reafirma su buen hacer en estas lides. Sin entrar a enjuiciar el contenido del volumen, hemos de reconocer que su bosquejo histórico, un tanto generalizado, sitúa al lector en un contexto, acaso desconocido en su esencia, que a muchos sobrepasa, tal vez por carencia de genuina información, objetiva y puntual. Ese más allá, empero, del relato en cuestión, induce a formular ciertas consideraciones, en el ámbito personal, susceptibles de ser aceptadas o rechazadas, según sugerencia de quien muestre interés hacia su aproximación. El El lenguaje elevado, en un asunto de naturaleza delicada, suele ser apropiado por parecer más convincente; al menos, inspira prudencia y produce cierto asomo de timidez respecto de su juicio y valoración. No obstante la brillantez expuesta, el grado de intelectualidad, en aportación y concepto, distancia a la persona que se incline sobre el texto, por cuanto, sin serlo, llega a semejar inasible por hermético. Luego, es procedente aminorar el paso del discurso, tratando de mediar entre uno y otro nivel, de forma que, quien bucee en las páginas perfiladas, goce de la mesura y aplomo que le permitan entrar en su postulado, libre de prejuicio y ajeno a sospecha de errónea comprensión. Quizá sea ello lo que incita a ciertos autores a remitir en su allure, cual si buscaran confort y relajamiento como contraste al esfuerzo a que someten a quien sigue con avidez el fondo de su pensamiento.
Conforme el autor de este estudio nos alumbra, la colonización española del Sáhara se operó en estado de no extremada violencia, cuya característica primera fue de respeto y entendimiento con el natural de aquel país; cabe, por consiguiente, pensar que el colonizado no sintiera verdadera animadversión hacia el colonizador, puesto que no fue excesiva su beligerancia frente a su presencia. Se alzó, sin embargo, en armas contra su vecino, temiendo que desde allí pudiera sobrevenir la opresión hasta ahora inédita; sobre todo, abrigaba seria aprensión por la pérdida del bienestar gozado durante la ocupación hispana. Si Si hasta ayer fueron tribus nómadas, comunidad desintegrada, seres sueltos, en cuanto individuos que viven a su aire, hoy deciden unirse y designarse como miembros de un conjunto, pese a la pluralidad que tradicionalmente los determina. Otros pueblos, en tiempo pasado, hicieron lo propio, y, al cabo, han defendido con firmeza sus fronteras, reclamando para sí una identidad inconmovible. Desde distinta perspectiva, por el contrario, puede este propósito estimarse extraño a razón, motivo por el cual permanecen en alza las hostilidades, sin que se vislumbre, en un futuro próximo, un horizonte de neutralidad y concordia.
Ahora bien, detrás de todo ello existe un hecho real, de circunstancias deplorables y múltiples dificultades, que asfixia a quienes se encuentran sometidos a las incidencias del prolongado conflicto. Frente a ello no valen juegos, ni filosofías ni medias tintas; es menester sentarse a dialogar, de buena fe, en claro intento de hallar solución al drama humano, acabado para muchos en tragedia.
Inmune a la captación de adeptos, pero consciente de lo dilatado de la discrepancia, José María Lizundia se interna denodado en el difuso panorama con ánimos de dilucidar lo que, a tenor de lo referido en su ensayo, no define la auténtica situación actual ni señala su origen en el tiempo. En cuanto amante de la polémica y la controversia, insiste en la discusión y el debate, como medio factible de encuentro, donde las posturas contradictorias logren establecer un marco constructivo, con el fin de esclarecer hipótesis y dirimir diferencias, de modo que la apremiante negociación culmine en positivo acuerdo, sin menoscabo de la dignidad del ser.
José Rivero Vivas
San Andrés, febrero de 2012
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