Jesús R. Castellano
de José María Lizundia Zamalloa
Al ser tal la profusión de títulos que se publican y prácticamente nula su incidencia, podemos colegir que al menos existe un método para construir obras de ficción que, a modo de ejercicios con pautas muy marcadas, se expande año tras año. Se podría hablar de una literatura netamente artesanal, sin otras consecuencias que cierta dignidad en el acabado conforme al modelo adoptado. Una de las características precisamente de la posmodernidad es el revival de los géneros. Pocas obras se encuentran que se hagan difíciles de adjetivar. Este término de artesanal aunque no abarcaría únicamente a la literatura resultante de los talleres de escritura, por supuesto la incluiría en primer término. Un joven y brillante escritor tilda a esa misma escritura de lentejuelas. La sed de ostentar la condición de escritor, ha conferido licitud e incluso aval a cualquier medio para lograrlo, incluso el estudio del aparato técnico, funcional y subsidiario a las condiciones esenciales del escritor de verdad: las imaginativas, fabuladoras, existenciales como suele ser la profunda consideración de insuficiencia o inadaptación a los márgenes de la vida práctica y convencional, de virtualidades tan creativas por cierto, que constituyen el núcleo duro del escritor por necesidad.
El escritor excursionista por los manglares que delimitan el territorio de la literatura, realizará sus ejercicios con las técnicas trasmitidas o ensayadas por libre, que serán las más adventicias e instrumentales, dignas del homo faber evolucionado. Aliteraciones, retruécanos, pleonasmos, metonimias o cualquier otra figura (antes ejercicios del taller) de mucha pompa y efectismo trufaran textos sin motivo ni vida, nervio o autenticidad. Incluso será posible escribir sin tener absolutamente nada que decir. La voluntad de ser escritor domeñará tan ínfimos obstáculos
Alguien al que le hubiera imaginado incluso mucho más tentado al kitesurf que a las letras, lo descubrí de sopetón un buen día en prensa. Al sorprenderme tanto esa aparición en lugar tan imprevisto, lo leí. Qué fulguraciones y pirotecnias, qué surtidores al cielo y qué irisaciones en él. Llegué al final, entre tantos gorjeos y trinos, sin saber de que había ido el artículo. Si había conseguido convertirse en articulista literario efímero (luego se haría escritor aún mucho más concentrado), lo mismo se había hecho discípulo de Lacan, y al ir el sentido y la intención mucho más lejos que las palabras, no hubiera podido seguirle yo por lianas, ramas y copas de los árboles de aquella espesura espejeante.
La literatura artesanal podría muy bien denominarse formularia o manierista y en general será de gran eficacia media, que además se analizará conforme a los cánones y medidas de los oficios gremiales.
Frente a la literatura pirotécnica y artesanal, Jesús R. Castellano frecuentará los callejones oscuros y los lindes donde terminan los barrios obreros, acaban los talleres y aparece el campo inhóspito aún, ralo. Esto es algo propio de los escritores de raza. Tan de raza, que sus obsesiones y su vida solo tienen una justificación literaria. De forma que suma todos los factores que configuran ese tipo de creadores y uno de esos factores es su conocimiento de la literatura clásica española (o en español) como si fuera una segunda piel, a lo que convendría añadir esa imagen especular que en lugar de devolverle la imagen en cuero de un rockero, que no le molestaría, le da otra más interesante y prestigiosa de sesgo canalla y periférico, pendenciero y merodeador, de quién en su día se encomendó a los dioses nocturnos y subterráneos como Burroughs, Malcom Lowry, Bukowski aunque también a Sor Inés de la Cruz o al Marqués de Rivas, en los que ha saciado su nihilismo constituyente, nada de posmoderno y actual.
Quizá alguien que conozca a Jesús R. Castellano crea que pueda deslindar a la persona del escritor, pero él no. Luego al final tampoco es posible hacerlo para los demás. Jesús R. Castellano vive la literatura como constructo o bildung inacabable, viaje, destino más que una vocación. Se ha cuidado toda su vida de acampar en torno a las murallas de la ciudadela de la literatura, en los lugares en los que se palpa la tensión previa a la acción y el asalto, en un largo, continuado e insomne asedio. Allí no ha dejado de residir. En él la implicación de su vida con la literatura es tan soluble o porosa que no cabe segregación o compartimentación.
En esta novela de Jesús R. Castellano veremos a su personaje realizando actividades secundarias del periodismo, lo que obligara al antihéroe (¡que otro podría ser!) a estar en la calle toda su jornada laboral, y en la calle ocurren casi todas las cosas. Muchas más si el escritor conoce la calle, sus personajes y diálogos, y toma la distancia óptima: que es la de una cercanía que se muestra como lejanía moral y vivencial de los acontecimientos. Cuando estos le atañan de una forma más directa serán resueltos siempre de la manera más primaria. Sin grandes elaboraciones reflexivas, ni complejas repercusiones psicológicas, lo que prevalecerá por tanto será la acción: el hombre visto desde fuera, bajo una bóveda que acoge ya un mundo que palpita con igual fuerza que autonomía.
Un nihilista está siempre de vuelta apenas haya hecho ademán de iniciar algún trayecto, y eso beneficia la historia narrada, porque la acción en sí misma domina el desarrollo narrativo, el mundo de los hechos y fenómenos es un mundo donde la subjetividad y el monólogo personal no cuentan, sino las descripciones, los otros que van y vienen, o sus vidas a base de datos o de las circunstancias que de ellos se saben. Las acciones propenden a repetirse porque la vida de las personas está marcada por sus rutinas, unas encadenadas a otras, como un mundo envolvente de vida propia. En ese ámbito surge la historia, no solo la literatura negra y realista, sino bastante más.

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