Los símbolos, siempre de más que reciente inventiva y muy pedregosa diferenciación.
Creo que es el libro que más me ha impactado en los últimos años, y que retomo con ansia cuando dispongo de tiempo libre. Todas las referencias que tenía sobre él estaban más que justificadas. No tengo duda de que hay libros que contribuyen a formarse un punto de vista certero y pulido de las cosas, que gracias a ellos dejan de ser como en parte eran vistas, y que el foco turbio e interesado se aclara y deja fijo y centralizado el objeto de visión, como los binoculares que pasan a ofrecer, según se giran, el lugar elegido con suprema claridad y objetividad. Desaparecen las nebulosas, la imagen traslúcida, los esgrafiados manipuladores. Es Las armas y las letras, se trata de de la reedición corregida del libro de Andrés Trapiello que con ese nombre ya había editado hace 17 años.Había descubierto gracias a Juan Manuel de Prada a la bohemia madrileña, una fauna de lo más selecta, como Armando Buscarini o Pedro Luis de Gálvez y toda aquella ralea de periodistas y escritores de izquierda y derecha, liberales, comunistas, monárquicos o fascistas que compartían la misma noche de Madrid con parecido arrobo, y en muchos casos eran amigos y se admiraban. Un solo ejemplo, al poeta donostiarra y comunista Gabriel Celaya le presenta García Lorca a José Antonio (el protomártir falangista que según el libro era el único político con una corte/cohorte de poetas), con quien hacía buenas migas. Luego supe de aquellos escritores gracias a Cansinos-Asséns, Umbral y Ruano, pero el de Trapiello es axial, por la profunda reflexión y análisis que recorre todo el libro, no como tesis de partida a demostrar, sino por constataciones perfectamente documentadas y una prosa de verdadera luminosa e imaginativa, de mucha altura y lujo. Dignidad y vilezas, luces y sombras, grandeza y miserias, así se reparte el papel de los escritores en la guerra civil
Pobre memoria histórica de inhibidos y colaboracionistas con el franquismo, que salían de sus escondrijos y ratoneras de toda su vida para ponerse el mono azul o las casacas de revolucionarios como si volvieran a una república y guerra civil 70 años después. Nunca tanta estupidez, mentiras, sectarismo, manipulaciones, sacralizaciones, maniqueísmo, retrasadísimos duelos y afectación.
En lo que a mí toca, gracias a la Memoria histórica he tomado conciencia de todos los horrísonos crímenes de los republicanos que durante demasiadas décadas no quise ver. Como dice Trapiello, los autores de los baños de sangre republicanos, con el Estado detrás, pensaban que estaban viviendo momentos de máxima épica y gloria, como si estuvieran en 1789, 1844 ó 1917 y buscaban inmortalizarse en el empleo de los grandes medios de su gesta. Los franquistas mientras hacían desparecer sus fechorías, iban encontrando los testimonios de sus enemigos. Por tanto, la Memoria ha sido un gran instrumento para, mientras se sacralizaba una República bajo palio, que aparecieran los documentos de su realidad profana más impresentable.
Los burócratas de la memoria histórica han logrado, muy al contrario de lo que pretendían, mostrar a la verdadera república, la real. Lo que quedarán de estos años serán recuperaciones rigurosas de la memoria, ennoblecidas por la alta calidad literaria como la de Trapiello.
Propongo al Directorio de Tijuana abordar el martes este libro. Lo llevaría y prestaría.
No diré los metros de estanterías de mi biblioteca para no suscitar la envidia de Juan Igancio de Royo e Iranzo, como se da ahora en llamar en sus tarjetas de visita, con domicilio legal en Postdam, hoy República Federal de Alemania. Sin embargo la envidia que podría suscitar en Carlos Gaviño sería debido, tan sólo, al mayor señorío de mis estantes, ajenos al sector de la ferralla





Kimi, Ramón Herar, el gallego Carlín, Juan Royo Iranzo y Sonia Muñoz


























