domingo, marzo 28, 2010

José Rivero Vivas, tan sólo los diálogos...

He consagrado el fin de semana, en su integridad, a José Rivero Vivas, como un acólito, un secretario privado o un guardaespaldas. Supongo que para mañana habré logrado salir de él y a la calle.
Cuanto más le leo mayor me parece su talla literaria. La confianza en sí mismo pese a todas las vicisitudes y la perseverancia enorme, dan cuenta de la certeza que tenía en el valor de su literatura. Sabía muy bien lo que se traía entre manos. Lo que es lógico tan pronto comprobamos su destreza y altura literarias. Hay posiciones en las que no están permitidas las vacilaciones y las dudas. Luego ya no me parece ningún mérito que fuera tan perseverante, a pesar de su escaso eco.
Cuando leo a Rivero y con el rabillo del ojo veo acercarse los diálogos se animan el anhelo y el gozo a la espera de alguna genialidad, que son profusas.
Los diálogos deben mucho al teatro ya que están llenos de remisiones, profunda gestualidad, ademanes, suspensiones del sentido, filosofía y mucha abstracción. Los diálogos son insólitamente conceptuales pero a la vez, versan sobre asuntos nimios, ninguno es trascendente y resolutivo, pero absolutamente abstractos, metafísicos y muy sorprendentes. En un tono sentencioso, incluso en ocasiones declamatorio, se formulan pensamientos abstractos sobre uno mismo. Con la valiosa circunstancia de elevar el absurdo y lo paródico a filosofía o condición de la vida, y por tanto ofrecer claves de un humor muy sutil.
Es muy importante en Rivero la presencia de lo absurdo y el humor, convocados en casi todos los diálogos. En realidad, los diálogos no son situaciones de encuentro y confluencia entre los personajes, sino de muestra de la irreductibilidad del (de su) mundo personal frente a los demás. En los diálogos lo que se evidencia son desencuentros porque la autonomía individual es un factor ciego de deseos, intereses, fantasmas… que impiden el fácil aparejo (así diría Rivero).
No recuerdo mejores diálogos que haya leído y tanto me hayan sorprendido, además de forma tan gozosa. Ya sólo en los diálogos es un maestro auténtico.
La escultura de Juan Muñoz (foto de arriba) viene ni pintada a nuestro escritor.