
Tánger y ChaouenTánger durante el Ramadán es una ciudad mucho más amable: no se encuentran sus calles y callejuelas absolutamente atestadas de gente, lo que permite oír con mayor nitidez las llamadas del muecín desde los alminares. Bajar a Zoco chico y la Medina no constituye la tarea pegajosa de otras veces. El Estrecho está diáfano y se ve España.
Por primera vez estamos embarcados en un viaje organizado y no resulta tan dantesco como suponía. Incluso tuvo su momento de psicología animal, a cuenta de una enganchada espectacular con un sevillano; fui tan aplastante que luego me arrepentí. En lugar de empezar por Tánger y viajar después a Ceuta en taxi con parada obligada en Tetuan, ahora es al revés, de Ceuta a Tánger y en autobús, a cambio se nos lleva a las montañas del Rif, a Chaouen. El viaje parte de la Costa del Sol y el sábado llegamos a Tánger, tras dormir en la costa próxima a Tetuan. El hotel está enfrente de “nuestro” hotel, el Rembrandt, donde el año pasado estuvimos con E. y M., que es la primera visita. Sin pérdida de tiempo bajamos a la Plaza de Zoco Grande y al parque de Mandubia.
Tanto Tánger y a la vez tanta aversión a la absoluta colonización de los espacios públicos y privados, de pulverización de la libertad individual, de pugnaz coacción sobre las conciencias que ejerce el teocratismo (que es lo que es: colonización de la religión de sistema y mundos de la vida) islámico en el conjunto de la vida de las personas. Es para ver y no creer. Y eso que Tánger representó y fue todo lo contrario, al menos hasta cuando mantuvo su estatuto de ciudad internacional en 1956. De Tánger me atraía su historia y su leyenda, los trasterrados (por ejemplo españoles, algunos muy curiosos), las comunidades que allí vivían y viven, ciudad literaria como pocas, de millonarios extravagantes, aventureros, calaveras… Evidentemente yo acudo a un Tánger que ya no existe, movido por el deseo, empatía, melancolía, sentimiento e imaginación, prurito cultural… con la suerte de que la realidad no puede reventar las ficciones de los deseos, añoranzas y sentimientos. La emoción es recompensada por cada persona que da cuenta de Mohamed Choukry (el año pasado el instituto Cervantes), o de Paul Bowles, el hotel Rembrandt lo da de Tennesse Williams, la librería Les Colones sigue, Tajar Ben Jelloun (de quien leí un libro durante el viaje) es amigo de alguien al que vamos a conocer, el recuerdo de la Beat Generation al completo etc. pero también recompensa buscar a los “extranjeros de origen” que no lo son y que tienen su identidad dislocada. A fin de cuentas el viaje es una experiencia interior y una búsqueda, no es afuera a donde debe mirarse sino adentro, atento a si afloran emociones y empatías, si acaso se abren dimensiones habitualmente ausentes que atañen a uno en su intimidad. ¿Cómo es que alguien hostil a la única religión (el Islam por supuesto) que rige la vida pública, social y privada de todos los súbditos, que soy yo, se sienta a gusto entre colores, olores, gentes, diferencias en Tánger? Un chiste fácil sería decir, claro, porque no estoy en Europa, que también, pero no es todo.
Llegamos al Minzah, el mejor hotel, (allí comimos con E y M, y otro año tuvimos incidente a sus puertas) y nos sentamos en la piscina. Allí nos aborda un ex cónsul como el cónsul Firmin de Bajo el Volcán, de Malcom Lowry, que se sentó con nosotros. Tánger se actualizó, vibró, los destellos de Tarifa se inmiscuían festoneando la base de la cúpula de estrellas y la media luna que fulguraban en el cielo. ¡Qué personaje, literato, vividor, aventurero!: ¡Por fin Tánger!
Por primera vez estamos embarcados en un viaje organizado y no resulta tan dantesco como suponía. Incluso tuvo su momento de psicología animal, a cuenta de una enganchada espectacular con un sevillano; fui tan aplastante que luego me arrepentí. En lugar de empezar por Tánger y viajar después a Ceuta en taxi con parada obligada en Tetuan, ahora es al revés, de Ceuta a Tánger y en autobús, a cambio se nos lleva a las montañas del Rif, a Chaouen. El viaje parte de la Costa del Sol y el sábado llegamos a Tánger, tras dormir en la costa próxima a Tetuan. El hotel está enfrente de “nuestro” hotel, el Rembrandt, donde el año pasado estuvimos con E. y M., que es la primera visita. Sin pérdida de tiempo bajamos a la Plaza de Zoco Grande y al parque de Mandubia.
Tanto Tánger y a la vez tanta aversión a la absoluta colonización de los espacios públicos y privados, de pulverización de la libertad individual, de pugnaz coacción sobre las conciencias que ejerce el teocratismo (que es lo que es: colonización de la religión de sistema y mundos de la vida) islámico en el conjunto de la vida de las personas. Es para ver y no creer. Y eso que Tánger representó y fue todo lo contrario, al menos hasta cuando mantuvo su estatuto de ciudad internacional en 1956. De Tánger me atraía su historia y su leyenda, los trasterrados (por ejemplo españoles, algunos muy curiosos), las comunidades que allí vivían y viven, ciudad literaria como pocas, de millonarios extravagantes, aventureros, calaveras… Evidentemente yo acudo a un Tánger que ya no existe, movido por el deseo, empatía, melancolía, sentimiento e imaginación, prurito cultural… con la suerte de que la realidad no puede reventar las ficciones de los deseos, añoranzas y sentimientos. La emoción es recompensada por cada persona que da cuenta de Mohamed Choukry (el año pasado el instituto Cervantes), o de Paul Bowles, el hotel Rembrandt lo da de Tennesse Williams, la librería Les Colones sigue, Tajar Ben Jelloun (de quien leí un libro durante el viaje) es amigo de alguien al que vamos a conocer, el recuerdo de la Beat Generation al completo etc. pero también recompensa buscar a los “extranjeros de origen” que no lo son y que tienen su identidad dislocada. A fin de cuentas el viaje es una experiencia interior y una búsqueda, no es afuera a donde debe mirarse sino adentro, atento a si afloran emociones y empatías, si acaso se abren dimensiones habitualmente ausentes que atañen a uno en su intimidad. ¿Cómo es que alguien hostil a la única religión (el Islam por supuesto) que rige la vida pública, social y privada de todos los súbditos, que soy yo, se sienta a gusto entre colores, olores, gentes, diferencias en Tánger? Un chiste fácil sería decir, claro, porque no estoy en Europa, que también, pero no es todo.
Llegamos al Minzah, el mejor hotel, (allí comimos con E y M, y otro año tuvimos incidente a sus puertas) y nos sentamos en la piscina. Allí nos aborda un ex cónsul como el cónsul Firmin de Bajo el Volcán, de Malcom Lowry, que se sentó con nosotros. Tánger se actualizó, vibró, los destellos de Tarifa se inmiscuían festoneando la base de la cúpula de estrellas y la media luna que fulguraban en el cielo. ¡Qué personaje, literato, vividor, aventurero!: ¡Por fin Tánger!








