
OPINIÓN
Héroes y ’gudaris’
JOSÉ MARÍA LIZUNDIA ZAMALLOA
El hermano ertzaina del inspector Eduardo Puelles, asesinado por ETA, manifestó al día siguiente de su muerte a los medios que su hermano Eduardo era un héroe y añadió: "y en euskera, un gudari". Evidentemente no es esa la traducción, la del hermano ertzaina que quiere congraciarse desde el primer minuto con el mundo de los verdugos. Este comentario dice mucho de la extraordinaria fuerza (y fascinante coacción) del discurso nacionalista, ya que aún antes de que el inspector Puelles fuera enterrado, su hermano ya se plegaba al devocionario y lenguaje ético (axiológico) dictados por el nacionalismo.
Héroes y ’gudaris’
JOSÉ MARÍA LIZUNDIA ZAMALLOA
El hermano ertzaina del inspector Eduardo Puelles, asesinado por ETA, manifestó al día siguiente de su muerte a los medios que su hermano Eduardo era un héroe y añadió: "y en euskera, un gudari". Evidentemente no es esa la traducción, la del hermano ertzaina que quiere congraciarse desde el primer minuto con el mundo de los verdugos. Este comentario dice mucho de la extraordinaria fuerza (y fascinante coacción) del discurso nacionalista, ya que aún antes de que el inspector Puelles fuera enterrado, su hermano ya se plegaba al devocionario y lenguaje ético (axiológico) dictados por el nacionalismo.
¿Cómo es posible compartir un paradigma ético con quienes acaban de asesinar a un hermano? Todos los etarras se han venido calificando de gudaris desde siempre. Veamos si en cambio los gudaris históricos fueron unos héroes como cree el complaciente hermano del inspector asesinado.
El primer gobierno vasco de la historia, en tiempos de la II República tuvo tan corta vida que no llegó al año, desde octubre de1936 a junio de 1937. El Euzko Gudarostea (los gudaris) lo formaron los batallones que creó el gobierno vaco, cuando su territorio abarcaba el límite occidental de Guipúzcoa, Vizcaya y un poco del norte de Álava. Por tanto sus contingentes lo componían preferentemente bilbaínos del PNV que no hablaban vasco, socialistas del PSOE y UGT de Bilbao y la margen izquierda del Nervión que aún lo hablaban menos, y jóvenes de la tierra llana, como el Guerniquesado que sí lo hablaban, como el poeta Lauaxeta, posteriormente asesinado. A los que hemos de sumar anarquistas de la CNT, que tampoco hablaban vascuence. La guerra se circunscribió pronto a la defensa del Cinturón de Hierro de Bilbao.
Mientras los gudaris eran batallones esencialmente de hispanohablantes, el ejército franquista había dispuesto frente a ellos a tropas italianas, que venían de Guipúzcoa por la costa y al Requeté, compuesto especialmente de navarros y de guipuzcoanos del interior. Esas zonas fueron en todo el XIX y comienzos del XX partidarias de la legitimidad de don Carlos (carlistas hasta la médula), del antiguo régimen y del tradicionalismo más rancio e integrista. Salvo las capitales de Bilbao y San Sebastián, la tierra llana hasta los 70 del siglo pasado fue un gran feudo carlista. Tan acérrimos fueron los carlistas del antiguo régimen, como enemigos de todo lo que sonara a liberalismo y constitucionalismo, que estos vascos tradicionalistas se convertirían en masa al abertzalismo de Batasuna y ETA, aunque sin pasar por el nacionalismo vasco tradicional (lo que ahora puede verse con claridad en Navarra), ya que éste es, a fin de cuentas, una ideología propia también de la modernidad. Lo que aquellos jamás han tolerado ni toleran.
Esta vinculación de los requetés carlistas a las tierras del interior, y por tanto a las zonas de uso del euskera, comportó la singular paradoja de que mientras los gudaris vizcaínos (los únicos que existieron) debían necesariamente combatir hablando en español, buena parte de aquellos requetés franquistas que tenían enfrente lo hacían hablando un precioso euskera. ¡Quién nos lo iba a decir!
Esta es otra realidad que ha sido también absolutamente manipulada, o quizá mejor, sepultada por la doctrina del nacionalismo vasco, que no es muy diferente a los demás.Pasemos ahora al heroísmo de los gudaris mayoritariamente hispanohablantes. El frente que tenían que cubrir pronto se redujo a los 80 kilómetro del perímetro del Cinturón de Hierro de Bilbao, concebido como una suerte de Línea Maginot. Los únicos hechos de guerra en los que los gudaris avanzaron algo, siempre monte arriba, fueron las tomas de Peña Lemona, el Alto de Elgueta y el Bizcargi, en donde se prodigaron las escaramuzas. Ridículas batallas, pero que nacionalistas y la incipiente izquierda abertzale celebraban ya en el franquismo. Figuraban en el calendario de conmemoraciones heroicas. Todo lo demás fue escapada y fuga.
Los gudaris compendiaron algunos cientos de metros de avance, ninguna resistencia legendaria ni mucho menos numantina, y sí una rotunda huida rápida, de más de cien kilómetros, hasta Santoña. Lugar en donde se rindieron a las tropas italianas de Mussolini, con ignominioso desprecio y abominable deslealtad a la II República. Buena parte de los célebres gudaris históricos irían a engrosar, evidentemente tras la rendición, las tropas de Franco. ¿Con qué base racional se puede calificar a los pobres gudaris de héroes, cuando ya para parte de mi generación eran el símbolo preciso de la huida y rendición?
Conocer obviedades, que mi generación sabía de sobra durante el franquismo, parece ya imposible incluso para un hermano de un inspector de la Policía Nacional, a los que se les supone alguna lejanía del inapelable diktat nacionalista.
El vendaval nacionalista que zarandea España, aparte de que no será eterno, la libertad individual no lo va a tolerar, ya comienza a no tolerarlo, dejará como gran costra que la base de su poder se asentó en la mentira oficial y la negación sistemática de todo espíritu crítico, de libre albedrío y resistencia a la hegemonía política, aplastados por la suprema legitimidad excluyente de lo identitario colectivo, tomado por progresista.
Como conocí de joven el franquismo, puedo decirlo: aquel poder se basaba en la coacción física, nada más. La ideología franquista se la creían los irreductibles y un amplio sector sociológico oportunista, además había nacido con la mancha del pecado original, se impuso a media España, a la que como poco tenía en contra. Pero en lo demás, fuera de su coacción, los libros que circulaban sobre la Guerra Civil y la República eran todos de desafectos, anglosajones fundamentalmente, más Tuñón de Lara, a los que había que sumar las brutales diatribas de Luis Ramírez o Fernando Arrabal contra Franco. Ninguno de alrededor salía censurando esas lecturas o esos libros, ni los que pensaban distinto. Se partía de la legitimidad absoluta de la discrepancia, el disenso, la libertad de pensamiento. No se exaltaba y estimulaba la férrea cohesión y el monismo en los pequeños territorios como el bien supremo social, y no se creía que fuera de ellos se abriera el abismo de las tinieblas. Los individuos tenían autonomía de los poderes públicos, tenían su propio pensamiento o actitud, no había un paradigma inflexible de ciudadanía, comportamiento y valores que hubiera logrado imponerse. Se podía estar contra el poder, no solo el franquista, sino en el País Vasco contra el otro poder social, familiar, ambiental, el del nacionalismo tradicional. Ninguno de ellos ostentaba ningún poder ni coacción interior sobre ti, como ahora se ha logrado. Nadie hubiera dicho como el hermano de Puelles, de no ser uno de ellos, que los gudaris eran unos héroes porque la mayoría sabíamos que no había sido así.
La costra no solo adquiere más relieve con el adoctrinamiento en la enseñanza sino con un poder más sutil y ventajoso en el dominio de lo sociocultural, que es la expansión axiológica de una ideología oficial y excluyente, que ha sacralizado, como no lo hizo Franco, la bondad suprema de lo identitario y establecido el monismo en el pensamiento.




