OpiniónJOSÉ MARÍA LIZUNDIA ZAMALLOALos estados de excepción culturales(Artículo escrito tras el reciente viaje a Bilbao)
El 19 de septiembre pasado se entregan en la Academia de la Ertzantza en Arkaute los diplomas de la XXI promoción. El consejero de Interior Balza pronuncia un discurso sobre el éxito de la policía autónoma, pero omite toda (¡toda!) referencia al terrorismo y a los asesinados de ese Cuerpo por ETA. En poco más de veinticuatro horas la realidad se encarga de impugnar a Balza: en Ondárroa casi se produce una masacre de ertzainas. Al final del acto quien habla es Ibarretxe, que defiende de forma acendrada la libertad. Otra paradoja en el lugar donde más coartada está. En la copa posterior y en un ambiente muy distendido, el único idioma que se escucha es el castellano. En los discursos anteriores ha quedado patente la autonomía del discurso político en relación a la realidad y parece que esa misma autonomía y separación se refuerza ante la sociedad civil: en aquel momento, familiares, amigos y funcionarios. Las calles de Bilbao y Vitoria vienen a confirmar esas apreciaciones y a refutar los discursos políticos al uso que inundan los medios.
Lo de Bilbao resulta conmovedor. Ha de pasar un día entero para poder oír una conversación en euskera, mientras se observa cómo la sociedad se afana en tareas laborales y sociales, ajena por completo al significado real o figurado de conceptos o divisas como pueblo, identidad colectiva, cultura propia, España plural... Algo que llama la atención al visitante, como lo han dejado consignado recientemente en sus blogs dos compañeros de profesión.
La noche del sábado 20 de septiembre el metro de Bilbao absorbe a numerosos contingentes de jóvenes que van subiendo en todas las paradas de la margen derecha (la de menor inmigración histórica, considerada área vascoparlante en los mapas lingüísticos) en dirección a Las Arenas, (Getxo), donde son fiestas. Nadie, absolutamente nadie, habla euskera. Todos sin apenas excepción se habrán escolarizado en euskera en los dos modelos educativos mayoritarios: los más exigentes con ese idioma. Por no verse, en ese y otros días, ni se ven a los militantes culturalistas del euskera que ya desde el franquismo se esforzaban en hablarlo de forma ostensible y desafiante, como entonces correspondía.
Por si el visitante no hubiera tenido ya bastante, otro día, también en el metro, tiene enfrente a una madre con dos niños a los que habla en euskera, pero en cuanto ellos se enzarzan en juegos y peleas el único idioma que utilizan es el castellano. Todo parece indicar que la madre los ha dejado por imposibles.
Hasta hace unos años aún existía una suerte de deber entre las capas más comprometidas con el euskera, que consistía en aprenderlo lo suficiente para poder hablarlo a los hijos de niños. En el epicentro del Casco Viejo bilbaíno, la Plaza Nueva, correteaban y jugaban uno de esos días muchos niños todos con nombres vascos, hijos de padres que han aprendido euskera obligatoriamente. No hubo forma de oírles hablar en otro idioma que no fuera el castellano.
A estas alturas está ya muy claro que los presupuestos multimillonarios y las coacciones a favor del euskera se estrellan de manera estrepitosa ante la elección de idioma que hace el hablante, el individuo con su libertad de elección, es decir la sociedad civil. Esas mismas instancias (individuo, sociedad civil) que la verborrea política, abstracciones y logomaquias sobre pueblo, hecho diferencial, construcción nacional, ser colectivo... han tratado de aniquilar.
La primera autonomía en rango constitucional diferenciado gracias a los "derechos históricos", Euskadi, gran rompeolas de la marea devastadora de lo español uniformador y opresor que sin duda esa comunidad representaba, ha fracasado de manera espectacular en lo concerniente a la construcción de la identidad nacional. El estado de excepción cultural permanente que se viene proponiendo bajo el macroeufemismo de "normalización lingüística" ha resultado sarcástico: lo normal era que el castellano perseverase en su presencia social como desde tiempo inmemorial y así ha resultado frente a la fuerza del dinero y la coacción política y social instrumentada por la anterior.
El Correo de Bilbao dedica, en esos días de visita a esa ciudad, tres páginas a glosar el derrumbe de la izquierda abertzale ante la ofensiva de los poderes democráticos del Estado y la indiferencia general ante la suerte de las marcas civiles de ETA. Hasta la estética abertzale parece clausurada. Un efecto de vasos comunicantes afecta al conjunto del nacionalismo. El voluntarismo, los grandes ideales nacionalistas, la excepcionalidad de carácter sagrado del hecho diferencial, su recuperación y restitución históricas son puestos ahora en solfa con toda crudeza. Parte de las bases de la Transición, en concreto todo lo relativo a desarrollos autonómicos que sirvieran a la recuperación de las presuntas esencias pluralistas de España, se fundamentó en fantasías, sueños, delirios y doctrinas tomadas del Romanticismo tardío del XIX. La Transición así como estableció los cimientos de la racionalidad política democrática, se nutrió también de fascinantes bases metafísicas para dar viabilidad a lo que sobre todo no era más que imaginario y mitos inventados por una minoría nacionalista, luego convalidada por el antifranquismo, con deseos de imponer los presupuestos de su doctrina política al conjunto de la sociedad. Algo que ha logrado con la sacralización de la "diferencia" obligatoria. Un hito en Europa.
Quien desee conocer el alcance empírico de la identidad nacional oprimida y la España plural no tiene más que ir al País Vasco y constatará lo que han dado de sí treinta años de normalización lingüística (la han normalizado de verdad, aunque sin querer, pero en el sentido contrario al pretendido) y de recuperación del ser vasco. El fracaso y la puesta en evidencia de las entelequias metafísicas de la Transición en más categórica y sangrante si se tiene en cuenta todo el poder y coacción política dispuestos, consensos guiados y disponibilidad presupuestaria.
Un país como España, sin Reforma ni vigencia histórica del principio de responsabilidad personal, sin apenas Ilustración y pensamiento político liberal y que afrontó a la modernidad con cantonalismos, lucha de clases y revolución y fascismo puro y duro, no podía enfrentar la Transición sin un sistema de creencias utopistas y metafísicas en las que arraigara algún absoluto, alguna era mesiánica que alcanzar, algún proceso de perfección definitiva gracias al reencuentro con las esencias propias más puras.
Las construcciones nacionales, las esencias plurales que aguardaban como promesa de equilibrio y armonía definitivos, los hechos diferenciales por fin descubiertos, las normalizaciones lingüísticas a base de estados de excepción culturales, las inmersiones en monismos lingüísticos e identitarios... toda la propaganda política hizo que se olvidara lo más básico y determinante: las elecciones y decisiones de los individuos, algo que ni la España conservadora ni la que se tilda a sí misma de progresista siguen sin saber bien lo que es.