Ossip Mandelstam tuvo una vida absolutamente trágica, gracias a Stalin y el régimen soviético. Fue otra vida desgraciada, la de uno más entre muchos millones de exsúbditos zaristas que nunca llegarían a ser ciudadanos y a los que Stalin eliminó.
Una de las altas cumbres de la literatura rusa lleva el nombre de Mandelstam, otra que está justo al lado se llama Ana Ajmatova, que fue amiga suya. Formaron parte los dos poetas del grupo ACMEISTA.
Stalin les hizo sufrir de manera ominosa, con la saña, crueldad, humillaciones e ignominia que le hizo ser uno de los símbolos universales del terror político. A Ana Ajmatova le mató el primer marido (otro poeta ilustre) tras encerrarlo en Siberia, la misma suerte carcelaria que le aguardó a su hijo. Hay formas muy refinadas de hacer sufrir. A Mandelstam no le perdonó un poema en el que denostaba al criminal Stalin, entre campo y campo de concentración. Ni la intervención de Boris Pasternak logró aplacar la furia del dictador.
Joseph Brodsky,(otro Premio Nobel, como Pasternak) ya nos había ilustrado sobre la miserable y preversa opresión que lastraba la existencia de millones de ciudadanos, así como de la absoluta degradación moral que invadía la sociedad. Pero esos grandes escritores resultaron indoblegables y rehusaron arrodillarse ante el dictador. Constituyen uns enseñanza absoluta del poder, aun extenuado, de la fuerza espiritual de las personas frente a un exterior hórrido, desolado y atroz hasta donde cabe concebir ese término.
Ahora he conocido la prosa de Pasternak en "La naturaleza de las palabras" y es espléndida. Mandelstam funda la poesía, como es natural, en toda la vibración de que son capaces las palabras, si bien sometidas al "logos", la razón y la intención. De otro lado desaprueba a los poetas de la época que, huídos de la lucha por la vida, pretenden vivir en estado de exaltación su vocación poética, en la cumbre de una montaña perforada y hueca. Los ejemplos con los que ilustra esa tesis no son nada dignos de redención. Y llega a decir que el ejercicio de una profesión, siempre secundaria en relación a la literatura, ennoblece esa vocación.